LA TIRANIA DE LA DEMOCRACIA MATA

LA TIRANIA DE LA DEMOCRACIA MATA

 

Hugo Esteva

 

            En estos días recibí un dolorido llamado a la justicia por la muerte de la bebita prematura que murió en Jujuy después de una cesárea también prematura. Pero es mucho más que una solución judicial ante una muerte evitable lo que se necesita. Porque nadie sano puede esperar que nuestra vergonzosa Justicia establezca nada sino sofística, que confunda más a esta desorientada cultura.  Y mientras aquella noble almita victimizada ha de estar ya gozando de la luz del Paraíso, aquí quedamos envueltos casi sin darnos cuenta en el infierno de nuestras cobardes mentiras.

            Hay que hacer una excepción al hablar de los médicos que atendieron a esta involuntaria madre adolescente. Su decisión fue la justa al negarse a practicarle un aborto. Pero seguramente la presión del hipócrita gobierno provincial y la insidia apremiante de los medios de comunicación (donde no hay “grieta” para aunarse en el mal) los empujaron a aceptar un riesgo que no hubieran tomado en otra situación profesional. Me permito dudar acerca de que en Jujuy haya suficiente experiencia para tratar prematuros de tan pocas semanas de gestación. Pero, peor, creo que difícilmente hubiera alguna razón obstétrica como para no esperar a que el feto madurara hasta asegurar mejores posibilidades de supervivencia después de la cesárea.

            En síntesis, una mezcla de culpable ambivalencia política y de tenaz cultura de la muerte los empujó a tomar una decisión imprudente como “mal menor”, que resultó ser sólo mal. 

Sé que habitualmente no es bueno emitir juicios técnicos acerca de circunstancias profesionales que no se han vivido; pero también que no se debe dejar que el silencio se haga cómplice de las equivocaciones. Y, reitero, no estoy echando en cara su actuación a esos médicos que han de haber sufrido como nadie la muerte de la bebita. Quiero sí poner de manifiesto hasta qué punto el mal se las ingenia, más allá de las buenas intenciones, para destruír a la vida.

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            Porque hay más detrás de esta muerte que es símbolo de muchas otras muertes. Aquí hay todo un entramado que, en la boca de cada periodista y de cada político de los que se han pronunciado acerca del “derecho” de hacer abortar a esta adoslescente violada, apunta al “derecho” de los adultos “empoderados” de decidir sobre las vidas inocentes. Cada uno de ellos lo sabe y ejerce sin pudor esa tiranía propia de la falsa democracia que vivimos. Como sabe también, aunque nunca lo confesaría, que esa mentalidad sofística que viola cuanto no esté “consensuado”por ella (véase al gobierno nacional tratando de volver atrás el rechazo al aborto votado por el Congreso) conduce a la revolución contra todo lo heredado, a la revolución contra la propia genética, a la revolución contra la verdad que se vale de la “post-verdad”.

            Aquí está, en su realidad más cruda, la falsa democracia que engorda a los políticos y a los financistas. Aquí este tiránico sistema de verdades a medias, y por eso mismo mentiras, que cada día más hombres libres repudian en todo el Occidente.

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