¿Reconciliarnos o asumir nuestro pasado?

¿Reconciliarnos o asumir nuestro pasado?

Quizá para comenzar a superar la tragedia argentina, más que reconciliarnos, necesitamos comprendernos unos a otros desde la historia.

 

Por Luis Alberto Romero –
Historiador. Integra el Consejo de Administración de la Universidad San Andrés. Especial para Los Andes

En julio de 1792, con la Francia revolucionaria invadida y las facciones de la Asamblea embarcadas en una guerra a muerte, el obispo Lamourette propuso que los diputados interrumpieran sus disputas, se abrazaran y besaran. Todos lo hicieron, conmovidos. En seguida retomaron con entusiasmo sus querellas y el propio Lamourette fue guillotinado dos años después.

Recuerdo el episodio, popularizado por Robert Darnton, con motivo de las diversas iniciativas en favor de la reconciliación, que reaparecen cuando, a uno y otro lado de la brecha, arrecian las pasiones. Para algunos, como los hombre de la Iglesia, reconciliarse consiste en el perdón recíproco; un abrazo entre víctimas y victimarios -cada uno elegirá dónde se ubica- que remplace el odio por el amor.

Presumo que, como en el caso de Lamourette, estas buenas intenciones tendrán pocos resultados. A los parientes y amigos de las víctimas caídas a uno y otro lado de la batalla se les pide demasiado: renunciar a una de las pocas cosas que les permite elaborar su dolor.

Pero sobre todo, no basta. Parientes, amigos y conocidos de todas las víctimas, para quienes ese perdón podría ser significativo, son un número reducido en relación con los 45 millones de argentinos. Entre el resto están los que no se involucraron en la tragedia, o eran demasiado pequeños, o simplemente nacieron después.

Quienes hoy se alinean a uno y otro lado de la brecha lo hacen por relatos recibidos, interpretados según sus propios valores, expectativas y necesidades. Sus propios relatos están amasados con ideas políticas, sentimientos y, sobre todo, muchos mitos. El perdón entre algunos no cambiará sus posiciones.

La reconciliación que el país necesita es de otro tipo, menos emotiva y más racional. No pasa por el perdón y el abrazo sino por asumir el pasado y aceptarlo bajo la forma de una tragedia colectiva. Los historiadores conocemos una forma, un camino: historizar el pasado reciente. Inyectar historia en el mundo de los mitos y los sentimientos.

Para comenzar, hay que hacer algo muy simple: despejar los hechos sólidos de la maleza de fantasías que los oculta o deforma. La discusión sobre los “30.000 desaparecidos” se aplica a muchos otros casos. Pero el punto central es la comprensión. Antes que juzgar a los actores de la tragedia, como Dios en el Juicio Final, hay que entender las razones de cada uno, “los motivos del lobo”, que -en palabras de Rubén Darío- pudo comprender “el mínimo y dulce Francisco de Asís”.

En su caso, bastaba con tener “corazón de lis, alma de querube, lengua celestial”. En nuestro caso, más terrenal, se trata de tener sensibilidad histórica. Se trata de entender cómo algunos llegaron a tener conductas que hoy nos parecen inaceptables o aberrantes. Pero también hay que entender por qué otros los apoyaron, los miraron con simpatía o con empatía. Y también a quienes contemplaron con naturalidad el transcurrir de la carnicería e incluso lo ignoraron todo. En suma, debemos tratar de entender a todos los que vivimos en esos años, y también a todos los que, más tarde, formaron sus juicios a partir de nuestros relatos.

Gustavo Noriega contrastó el enorme esfuerzo de comprensión que se ha desarrollado en torno de las organizaciones armadas, y la escasa preocupación por hacer el mismo esfuerzo con quienes las enfrentaron.

En el primer caso, hay una versión que ya es canónica, formulable casi como un silogismo. La premisa mayor es el contexto revolucionario mundial: Vietnam, el Mayo francés, el Concilio, la “opción por los pobres” y la adhesión a la utopía de un mundo mejor. La premisa menor se refiere a los medios: fracasados el reformismo y la democracia, ante una abrumadora “violencia de arriba”, la única alternativa era otra violencia, de abajo y liberadora, iluminada por el ejemplo de Cuba.

La consecuencia del silogismo era legitimar la violencia asesina, con la que se podía construir un mundo mejor. ¿Que otra cosa podría hacer un hombre de buena voluntad? ¿Que otra cosa podían pensar quienes los miraban con simpatía, o con empatía, aun cuando deploraran los excesos, o incluso los medios?

Curiosamente este mismo razonamiento resulta valido, mutatis mutandis, para los militares de la época. En el mundo en que se formaron y educaron, las Fuerzas Armadas eran el custodio último de la Nación, por encima de sus frágiles instituciones. En ese mismo mundo, conquistado desde los años 30 por una Iglesia Católica preconciliar, integralista y militante, la Espada, unida a la Cruz, debía combatir a todo lo ajeno a “nuestra cultura occidental y cristiana”, desde el liberalismo hasta el comunismo.

Esa era la premisa mayor. La menor era instrumental: en el mundo de la Guerra Fría y de las “fronteras interiores”, el enemigo era un “subversivo apátrida” librando una guerra irregular, que debía combatirse de manera no convencional. De los militares franceses aprendieron las técnicas de la contrainsurgencia, que muchos perfeccionaron en Panamá, instruidos por sus pares estadounidenses.

De algo de esto fui testigo accidental, como soldado conscripto en la Escuela Superior de Guerra en 1965. En el mucho tiempo libre, por distraerme, leí los materiales con que se instruía a los alumnos, que eran capitanes, y los libros suministrados por la Misión Militar Francesa. Conocí a varios profesores, que eran entonces teniente coroneles y once años después figuraron en la cúpula militar que planeó y ejecutó el terrorismo clandestino.

Me costó entender que seres personalmente agradables y humanos pudieran recurrir a la tortura y desaparición forzada, o simpatizar con quienes lo practicaban, o mirarlo con naturalidad. Luego, uniendo recuerdos, empecé a comprenderlo.

Entre unos y otros hay muchas diferencias, pero la naturalización del asesinato los iguala en algo. La homología de las circunstancias debería ayudarnos a entender lo que pasó en los años negros, y a comprender que fue una tragedia compartida, en la que todos, de alguna manera, fuimos los actores y las víctimas.

También nos ayudaría a enmendar unas cuantas cosas muy mal hechas durante la democracia, cuando nos fuimos apartando de los propósitos de justicia, memoria y verdad. La verdad se funda en hechos y no en mitos. La justicia debe ser igual para todos.

Todas las víctimas deben ser recordadas sin distinciones, con el mismo grave pesar. Una mayor comprensión histórica nos ayudaría enmendar lo que está mal hecho, y a asumir nuestro pasado. Quizás así podremos encarar, con serenidad, la construcción del futuro.

Publicado por  LOS ANDES

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