Lo que merecen y no merecen los cuarenta y cuatro.

Lo que merecen y no merecen los cuarenta y cuatro.

Por María Lilia Genta

Los cuarenta y cuatro se merecen muchas cosas, muchos y merecidos honores. Pero por sobre todo merecen la comprensión de su destino por parte de sus familias. Toda familia que ver partir a un hijo para entrar en la Marina debiera saber que tener como tumba el mar no es algo deseado pero sí posible -en extremo honorable-.

Si además este marino elige servir en un cuerpo de elite como es el de los submarinistas el riesgo es todavía mayor, aparte las exigencias de un entrenamiento duro, riguroso y permanente como así también una peculiar  camaradería transformada en hermandad.

Es notorio en este caso observar actitudes muy dispares entre las familias con tradición de mar y aquellas otras, que por ser uno de los cuarenta y cuatro el primero que tuvo esa vocación, les cuesta entender y consustanciase con la forma de vivir de la familia naval.

Más patente se hace en las esposas. Ellas deben saber a todo lo qué asienten cuando pronuncian el  en la ceremonia nupcial. Es el  a horas, días, meses de soledad; el  a que muchas veces ellos estén ausentes en los aniversarios, cumpleaños, partos (no aludo a esposos porque la primera y única submarinista mujer era soltera).

Aunque se trata del Ejército, no de la Marina, creo que vale recordar a modo de ejemplo a la esposa del Coronel, jefe de la Unidad que parte al frente de combate, en la película de Mel Gibson Fuimos soldados. No es la paz sino la guerra. Ella, esposa de un jefe por cierto excepcional, asume que es a quien le corresponde llevar a cada una de las jóvenes del Barrio Militar el telegrama que comunica la muerte de sus esposos, así como antes las había reunido cuando se instalaban en el barrio para ayudarlas a organizar la vida cotidiana: como hacer las compras, el mejor lavadero… Un hombre excepcional se merece una mujer excepcional.

Estos cuarenta y cuatro (entre los cuales hay una mujer) sólo por haber elegido ser submarinistas sobresalen y se destacan por sobre el resto. No merecen que un familiar los humille llorando por TV porque no tendrán una tumba donde poner una flor si quedasen para siempre en el fondo del mar.

Son muchos los submarinistas rusos y norteamericanos (por nombrar a las dos superpotencias) que yacen en el fondo del mar. Son muchos nuestros hombres de armas, de la Marina y los pilotos de Fuerza Aérea que quedaron para siempre en el mar durante la Guerra de Malvinas.

Se dice de todo, sobre todo los opinólogos que nada saben ni de la técnica ni del alma de la Armada. No descarto que haya culpables de hogaño y de antaño. No veo, por ejemplo, a la montonera Garré ocupándose con amor de la reparación de un submarino de guerra. Otra cosa tan absurda como esta es pensar que el jefe del submarino fuese un suicida.

Otra cosa que molesta por lo ridículo es que la Armada no diga todo lo que sabe a los medios. Esto no lo hace ninguna fuerza armada en el mundo porque, por ejemplo, puede haber cosas que dieran a los familiares vanas esperanzas.

Me quedo con las hermosas y exactas palabras del padre de uno de los cuarenta y cuatro, el Capitán de navío Jorge Bergallo:

Como militar me quedo con la parte positiva: estos 44 tipos estaban navegando, haciendo lo que eligieron hacer y prestando un servicio que el país necesita y su sacrificio fue póstumo y total. Son un ejemplo para todos, para 44 millones de personas, incluyendo a los marinos y militares, que muchas veces perdemos noción de por qué somos lo que somos y de los riesgos que eso implica. El martirio no se elige, es una gracia concedida, y ellos tienen la gracia de estar en donde eligieron estar, en el mar, en patrulla eterna, hundidos como hito, como mojón, como los 300 espartanos.

 PS: Hay familias que hemos pasado por situaciones similares. Quizás por eso nos resulte más fácil entender.

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