CUANDO ALBERTO QUISO SER ROCA…

CUANDO ALBERTO QUISO SER ROCA…

 

Luis maría bandieri

 

Uno 20 y 21 de junio, en aquella remota Buenos Aires donde apuntaban los primeros palacetes estilo chateau, con mansardas y reminiscencias más o menos versallescas, y en que el eterno femenino descubría cómo vestirse según las viarazas de la rue de la Paix, cayeron peleando bravamente unos millares de hombres, entre los del bando de adentro y los de afuera, en un escenario de “arrabales últimos” –Barracas, Puente Alsina, los Corrales- donde gentes y caballos chapalearon el barro de aquel invierno naciente y lluvioso. Fue, dicen los libros de texto, el precio que debió pagarse por la federalización de la ciudad.

 

La constitución de 1853, más las reformas de 1860, cuando el estado de Buenos Aires retornó  a la Confederación –la escena del reencuentro de José y sus hermanos evocada en el frontis de la Catedral- no había resuelto, apenas postergado, el matete de Buenos Aires y el interior. Hubo de vivirse sucesivamente el intento de una capital en el interior –revivido brevemente por Alfonsín-; es decir, un país descabezado, y luego el proyecto de Mitre de federalizar toda la provincia de Buenos Aires –la cabeza de medusa.

 

Se llegó así a los tumbos a 1880, cuando Roca advirtió con justeza que no cabía esperar más. Tenía con él todos los triunfos: un ejército profesionalizado y bien pertrechado, la liga de gobernadores zurcida por su yerno Juárez Celman desde Córdoba, la quinta columna autonomista de Rocha, en Buenos Aires. Tejedor, el gobernador, a quien Roca en  clave privada llamaba irónicamente Moltke, no podía hacerle sombra. Preparaba una resistencia con la técnica del informe in voce y suponía anular la realidad con férreos silogismos. El 2 de junio, cuando se desembarcaron el Bajo tres mil quinientos Mauser para los voluntarios porteños, dejó asentado que no era contrabando porque se habían pagado derechos de aduana y que no existía bloqueo por parte del gobierno federal –cuyos barcos estaban a la vista de  cualquiera- porque no se le cursó intimación previa.  El mismo 2 de junio Avellaneda se fue en coche  al campamento roquista de la Chacarita, bajo la protección del Primero de Caballería. Tejedor se negó a detenerlo, como le propusiera el general Arredondo. “Salvado el presidente y ese núcleo de tropa –escribió Roca a Juárez-…la victoria es tan segura como que yo existo en estos momentos”.

Segura, pero no fácil. No picnic.  La jeunesse dorée, los empleaditos de comercio, las peonadas rurales enganchadas por el coronel Arias en lo que se llamaban aún los “campos porteños”, voluntarios italianos encuadrados como bersaglieri  (Julio Costa dejó su retrato), opondrían al ejército una resistencia más allá de todo cálculo. Sólo en la batalla de los Corrales habría mil quinientos caídos en estas fuerzas voluntarias.  Así, con el cañón, se federalizó Buenos Aires.

La “federalización” de Fernández

Este cuadro me vino a la memoria cuando escuchaba en la noche del 14 de abril  la alocución del presidente Alberto Fernández, anunciando un decreto que federaliza el AMBA, esto es, una parte de la provincia de Buenos Aires y totalidad de la CABA, cuya autonomía resulta del art. 129 de la CN, ubicado en el título “Gobiernos de Provincia”, por medio de un decreto que resulta una intervención federal de hecho, aunque la emergencia sanitaria invocada no cae dentro del ninguno de los supuestos en que el texto constitucional la autoriza. Esto es,  “garantir la forma republicana de gobierno, repeler invasiones exteriores, y a requisición de sus autoridades constituidas para sostenerlas o restablecerla, si hubiesen sido depuestas por sedición, o por invasión de otra provincia” (art. 6, CN). Enorme minucia agregable es que el órgano competente para declarar la intervención federal es el Congreso  (art. 75, inc. 31  CN), salvo que esté en receso, en cuyo único caso cabe el decreto del Ejecutivo (art. 99, inc. 20), debiéndose convocar a las cámaras inmediatamente. ¿El Congreso está en receso? Aunque no lo parezca, está  en actividad desde el 1º de marzo. Para más embrollo, el presidente pone alertas y vigilantes a todas las fuerzas de seguridad federales, y sobre las armas, aunque sólo sea para enarbolar –por ahora- barbijos y jeringas, a las fuerzas armadas. Claro, si es su comandante en jefe y dispone de ellas (art. 99, incs. 12 y 14).  Pasaré por alto que el toque de queda en toda la zona intervenida, entre las 20 y las 6 del día siguiente, echa por tierra la tozuda garantía del art. 14 CN de transitar por el territorio. Sólo podría ser coartada mediante el dictado del estado de sitio (art. 23 CN). No siendo el virus SARS COV-2 y sus variantes un atacante exterior con bandera, la conmoción interior que sus andanzas produce sólo daría lugar al dictado de aquel remedio extraordinario…por el Congreso que está reunido aunque no se note. Podría haberse acudido a un recurso más morigerado, el estado de urgencia con suspensión de algunas garantías, del art. 27 del Pacto de San José de Costa Rica, como propuse en este mismo diario el 9 de abril de 2020. Pero en nuestro caso se ha arramblado desde marzo de 2020 con derechos y garantías incivilmente, a la que te criaste, sin apoyo en norma alguna, ejerciendo de hecho el “lleno de las facultades”, con aceptación a veces entusiasta y a ratos indiferente de buena parte de nuestra clase política. Todo esto bajo la presidencia nominal ejercida por  quien dragonea de su condición de profesor de Derecho, bajo la suprema jefatura de facto de una abogada exitosa, con una cohorte de titulados en abogacía –algunos flor de ceibo, otros recibidos express- en buena parte de los cargos ejecutivos, electivos y hasta judiciales,  con el telón de fondo de una Universidad que va a cumplir el 12 de agosto doscientos años y convoca a un condenado para dictar conferencias.

Algo me tranquiliza. Alberto no es Roca. Santiago Cafiero no es Levalle. Larreta no es Tejedor ni Santilli convocará a los rifleros en el estadio de Núñez  -aunque las cacerolas suenen cada más fuerte y el fastidio social crezca. El sueño de la federalización a martillazo sanitario va a durar lo que un suspiro. Viene a cuento el trajinado pero preciso sarcasmo de Marx en “El 18 de Brumario de Luis Napoleón”: “la historia se repite: la primera vez como tragedia; la segunda, como farsa”. Estamos en la hora de la farsa. Que ha de terminar –y ahora acudamos a la ópera- cuando una voz nos anuncie que “la commedia è finita”. Y recomience –Dios nos lo ahorre- la tragedia.

 

 

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