CATILINARIA (II)

CATILINARIA (II)

 

O condicionem miseram non modo administrandae,

verum etiam conservandae rei publicae!

Cicerón, Segunda Catilinaria [14]

 

La resolución del ministro Ritondo que describimos sucintamente en nuestra Primera Catilinaria – y que no quisimos llamarRitondaria, porque no sólo suena pésimo, sino porque su responsabilidad excede al módico funcionario en seguridad y debe extenderse a la plana mayor del gobierno provincial -, es una aberración en el sentido más estricto de la expresión. Y esto dista mucho de ser nada más que una frase, porque salvo que dicha resolución sea derogada o simplemente resulte no aplicada, sus consecuencias se verán (se sufrirán) muy pronto por la población de la provincia.

Se trata pues de alertar sobre los peligros que acechan, a partir de este y otros actos desgraciados, desde el interior de este gobierno comarcal.

Puestas las cosas en blanco y negro, la obvia intención, el siniestro propósito que alienta el nuevo y orwelliano diktat de los que ganaron la elección con la promesa de salvar la república, es que los futuros policías de la provincia – o de todo el país, si esta peste se extiende más allá de sus fronteras – se eduquen en el cultivo del odio. Odio sordo y resentido por aquellos otros policías que los precedieron, y que cayeron muertos o gravemente heridos en emboscadas arteras y atentados criminales, causados por mujeres que se les acercaban portando armas pero simulando que eran bebés o por empleados de los organismos donde aquellos cumplían funciones y que fingían ser sus amigos. Y también odio o cuanto menos indiferencia o desprecio por los hijos huérfanos y las mujeres viudas de aquellos que también egresaron años atrás de la Escuela de Policía Juan Vucetich, pero no con el cerebro tan lavado como para que aquellos asesinos de ayer terminen recibiendo la honra y el agradecimiento de los policías de hoy.

No es preciso ser un adivino para saber qué clase de policía saldrá de la Escuela “Juan Vucetich” y sus Sedes Descentralizadas, a partir del momento que cuadros de ideólogos se hagan cargo de la formación no sólo profesional, sino también moral y espiritual de esos jóvenes aspirantes. Muchachos que van a ser forjados, pues, en la falsificación de la historia, el cambalacheo de los principios y el culto a la mentira y la hipocresía como regla de conducta pública y privada.

De tal modo, así como algunos años se recordaba con fotografías y humildes placas a los caídos en la guerra antisubversiva, que los gobiernos kirchneristas y sus subvencionados hicieron desaparecer de cada comisaría y de cada unidad policial, estos noveles reclutas estarán programados para recordar y honrar a quienes los asesinaron.

Es por eso que el programa debilita la institución policial, que necesita apoyo legal y moral para su difícil tarea diaria.  Ahora vemos el origen de la extraordinaria diferencia de resultados que existe entre la política de seguridad de la Nación, signada por el apoyo y aliento a las fuerzas de seguridad – especialmente en el combate contra el narcotráfico – y la anarquía e inseguridad en que viven los habitantes de la Provincia, entregados al cuidado de un hombre que, como Ritondo, auspicia el desaliento, a través de la mentira y la falta de respeto por los mártires de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y sus familias.

El adoctrinamiento implementado habrá de acelerar la creciente inseguridad que sufren los habitantes de la provincia, mientras garantiza que la Gobernadora y sus sucesores continúen ocupando los bunkers o las bases militares en que se refugian de la ineficiencia y errores de su propia política.

Es fácil imaginar entonces qué les espera a los habitantes de la provincia cuando estos hombres sean policías. Si en Buenos Aires hoy la vida se pierde por llevar un teléfono celular, manejar un colectivo o vender diarios y revistas, siendo absolutamente excepcional que alguien pague por ello, ¿cómo será cuando la seguridad pública esté en manos de policías para quienes lo bueno, lo justo, lo heroico, ha pasado a ser lo malo, lo que sí debe ser reprimido?

 

 

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