EL BAILE DE LOS HIPOCRITAS

EL BAILE DE LOS HIPOCRITAS

                                   Hugo Esteva

 

Hace años Ernesto Schoo publicó una entretenida novela llamada “El baile de los guerreros”. Allí una fiesta en uno de los palacetes, entonces frente a la plaza Libertad, reunía -más de medio siglo después de terminados los conflictos más cruentos entre unitarios y federales- a descendientes de algunas de esas viejas familias. El resultado del ágape volvió el tiempo atrás.

No voy a hacer pronósticos. Sólo señalar elementos que se van reuniendo hoy, no a guerreros sino a hipócritas, en algo que tampoco necesariamente promete ser una fiesta.

  

El primer hipócrita es el hoy Presidente de la República. Los medios, siempre tan maleables según los vientos de los que pagan o los que van a pagar, han hecho silencio sobre el más singular de los hechos sucedidos tras el cambio de mando: es la primera vez en la discapacitada historia institucional argentina (y no sé si habrá alguna vez sucedido en otra parte) que un vicepresidente le dice públicamente al supuesto primer mandatario – en tono admonitorio, además- lo que tiene que hacer. Y el hombre lo soporta con un modo tan sumiso como el que hizo pasar a la historia de la osecuencia a Héctor J. Cámpora: vergüenza ajena.

Pero acto seguido se suman los demás hipócritas. Ginés González García, mentiroso serial que promovía desde el Gobierno el uso del profiláctico para pseudo combatir el SIDA y apuntarse a algún cargo en la también pseudo sanidad internacional (léase OMS), vuelve a mentir sobre el aborto a la vez que le decreta piedra libre por izquierda. Porque, por un lado, un sanitarista medianamente informado no puede ignorar que el SIDA sigue aumentando sin freno, tanto en el país como en el resto del mundo, a raíz de la promiscuidad fomentada por  el empleo del profiláctico falsamente protector (La Nación, 20/VII/2016). Y, por otro, nadie honesto puede hacer hincapié en evitar las muertes de (cifras oficiales de los útimos años) alrededor de 30 mujeres, si las compara con la de los chicos por nacer a través de los miles de abortos anuales que también contabiliza y no se evitan sino qiue se promueven.

Mentira múltiple la de Ginés. Porque entre esos abortos que llevan a la muerte el Ministerio de Salud incluye también siete otras causas entre las debidas a abortos espontáneos y a los que siguen a enfermedades ginecológicas que terminan en aborto, de manera que no todos son criminales ni clandestinos. Porque no dice una palabra acerca de la atención que debe darse a las mujeres en riesgo, que seguramente reduciría la mortalidad, ni acerca de cómo combatir a los delincuentes que los llevan a cabo. Porque oculta que en 2015 (último período contabilizado por el Ministerio hasta 2018) sólo murió una menor de 15 años y sólo cinco más por debajo de 19. Porque esconde las secuelas físicas y psíquicas de los abortos. Porque parece ignorar su selectivo impacto demográfico que atenta contra la nación. Porque miente sobre el hecho probado de que la legalización del aborto provoca más abortos y que, por lejos, el perfil “occidental y cristiano” de la mujer que aborta luego de aprobada la ley es el de una ama de casa casada, que ya tiene otros hijos y a quien el próximo que se anuncia le desequilibraría el esquema familiar. En fin, para más datos, valdría la pena que entre tantas otras posibilidades bibliográficas serias, el amigo González García consultara  el relativamente reciente artículo de  Ségolene du Closel (generosa intelectual francesa que ha trabajado en barrios carenciados de nuestro país) sobre las consecuencias del aborto en Francia, luego de 43 años de su legalización (www.infobae.com/opinion/2018/04/16). O que tuviera en cuenta que, según cifras aportadas por su inmediato predecesor -el heroico renunciante Adolfo Rubinstein- los 500.000 abortos clandestinos por año que indicaba reiteradamente provocan menos de 50 muertes, con lo que la práctica criminal resultaría 10 veces más segura que una apendicectomía (un aplauso para los aborteros clandestinos, si todo esto no fuera una enorme farsa). Finalmente, porque habría mucho más, téngase en cuenta que gracias al protocolo de ILE que se acaba de reivindicar, una chica de 13 años puede exigir un aborto por razones psicológicas sin que sus padres lo sepan y que aun las instituciones sanitarias religiosas se verán obligadas a contratar a un abortero para llevarlo a cabo en tiempo y forma.

He puesto en primer lugar el ejemplo de la hipocresía del Ministro de Salud porque es el responsable de lo más grave: que se mate bajo amparo a miles de argentinos por nacer. Pero la mayor parte de los demás miembros del gobierno no le van en saga en materia de hipocresía.

El de Agricultura repone ya las retenciones engañando sobre el papel que, al respecto, tuvo el gobierno previo. El de Economía -tímidamente- adelanta que va a pedir prórroga al FMI pero ya anuncia que estará a la orden de los otros usureros del mundo. En Defensa, el zorro empezará a cuidar a las gallinas. En Seguridad, los delincuentes empiezan a gozar de la “piedra libre”. Las Relaciones Exteriores van a caminar al compás de la zurda. En la Justicia se espera cantar el “viva la Pepa”.

Una Argentina decente podría tener su nueva gran oportunidad relacionándose uno a uno con los cada vez más países del mundo que tratan de escapar a la mentira de la globalización. Pero la mentira parece ser más fuerte.

Gobernados por un vendedor de humo que pretende hacernos creer que le importa una cátedra universitaria de segunda y es tan irresposable como su colega de conducta Tabaré Vázquez. Sí, el uruguayo que, por lo menos en su primera presidencia, seguía concurriendo a su consultorio oncológico (con lo que gambetearía al mismo tiempo a sus enfermos descuidados y a su patria desatendida); pero que también, a tenor de sus colegas locales, se apresuró para eliminar desde el poder al instituto de radioterapia que le hacía sombra al propio.

Gobernados por una doble personalidad (así dicen algunos periodistas tímidamente críticos) que es una sola, responsable y crudamente: la de la hipocresía como modo de ser.