CARTA A UN IZQUIERDISTA SOBRE LOS DOS DEMONIOS

CARTA A UN IZQUIERDISTA SOBRE LOS DOS DEMONIOS

Carlos L Bosch

Sí, estamos de acuerdo usted y yo en este punto específico: verdaderamente la teoría o doctrina de los “dos demonios” es un disparate. En esto coincidimos, no digo plenamente por lo que diré enseguida, pero sí coincidimos en cuanto a ese postulado. Efectivamente, no
hubo dos demonios en la guerra de los setenta desatada entre las fuerzas atacantes del Estado nacional y las fuerzas defensoras del mismo. Hubo un solo demonio que, por supuesto, fue el que impulsó a los atacantes a provocar la guerra, a asesinar y aterrorizar a la población con el objetivo indisimulado de instaurar en el país un régimen revolucionario y sanguinario de estilo castrista. Consecuentemente y bajo esta óptica de provocaciones, fines y objetivos es claro que no fue demoníaca la acción de las fuerzas militares y policiales tendiente a defender al país de ese intento y aniquilar la acción subversiva y demoníaca.
Sin embargo, es indudable que el demonio mete la cola allí donde puede, y en este mundo siempre puede. Con tal específico sentido de coletazo, también es verdad que los excesos manifiestamente ilegales cometidos por las fuerzas legales o defensoras en esa guerra, o, más precisamente, las órdenes superiores que así lo hayan dispuesto, ya que de fuerzas armadas tratamos, pueden ser calificados, en sí mismos, de tal manera. Pero lo concreto es que si hablamos de los dos bandos, por así llamarlos, de las dos concepciones de la Argentina que se enfrentaron en los setenta y de los fines perseguidos, uno
sólo de ellos, el bando subversivo, puede ser calificado enteramente como demoníaco. Porque este bando atacaba a la nación y quería destruir sus cimientos, su pasado y su presente para instaurar, sobre sus ruinas, una dictadura marxista aliada al comunismo internacional.
Mientras que el otro bando quería claramente impedir ese designio, y de hecho, y a Dios gracias, lo impidió, al menos en ese momento, aunque lo hizo tanto con acciones adecuadas a su carácter y naturaleza, como también – ¿cuando no?- con acciones desviadas. Opino que este bando, el de los militares cuyos jefes decidieron absurdamente tomar el poder en 1976, estuvo encabezado por hombres de evidente incompetencia, al punto de  estimar personalmente que después del kirchnerismo no ha habido peor gobierno en el país. Pero eso es harina de otro costal. Aquí hablamos de demonios, no de incompetentes.
Lo que cabe resaltar es que estamos de acuerdo en que no hubo dos demonios sino sólo uno. Lo que nos separa a usted y a mí, estimado señor izquierdista, lo que nos divide y constituye al parecer una fosa infranqueable entre ambos, o una grieta como le dicen ahora, es el concepto de quién fue el tal demonio. No por las personas concretas, sino por sus designios. Con lo cual, nos separa lo esencial.
¿Por qué esta fosa resulta infranqueable? ¿Por qué no podemos ponernos de acuerdo usted y yo aunque consiguiéramos sentarnos, incluso amigablemente, a charlar? Yo entiendo que esto ocurre porque usted, señor, aunque no lo diga tal vez públicamente, parte de la base de que lo que perseguían aquellos subversivos o terroristas – la instauración de un régimen castro comunista y la aniquilación de la Argentina de siempre – era algo bueno; estima que tenían razón en luchar como lo hicieron y, en consecuencia, que el malo y depravado de la película fue el que nos defendió contra ellos e impidió su triunfo bélico. Porque, desde que a usted no le horroriza ni le asusta el éxito posible de aquel intento terrorista (aunque probablemente se haya asustado bastante en aquellos tiempos de crímenes diarios en las calles), sólo dedica sus afanes a calificar como enemigos absolutos y animales sanguinarios a quienes mataron, encarcelaron y persiguieron, por las buenas (y por las malas), a aquellos terroristas. Si usted se basara sólo en esto último (en el “por las malas”), podríamos conversar, discutir causas, contextos históricos, consecuencias y responsabilidades, y tal vez incluso ponernos de acuerdo. Pero claramente no es así, para usted todos los defensores del Estado fueron y son necesariamente asesinos bestiales, sin necesidad de atender en absoluto a las particularidades y características de esa guerra ni a la realidad de los hechos. Sin atender, por ejemplo (y es sólo un ejemplo), al hecho notorio de que sólo tres años antes, en 1973, el gobierno de Héctor Cámpora (y casi todo el espectro político con él), acababan de hacer añicos la administración de justicia en el país al liberar de un sopetón a todos los subversivos condenados y en procesos judiciales.
Para usted, militares y policías merecen la condena perpetua, aun sin pruebas de la real participación de cada uno, simplemente por el hecho de que esas fuerzas derrotaron y aplastaron el levantamiento subversivo y no por el hecho de haberles aplicado la ley del talión.
Obviamente, no estoy justificando. Sólo explicando. Su postura, en definitiva, no es lógica, es ideológica. ¿Por qué ideológica? Militares y policías mezquinos y sin ideales son – tienen que ser – irredimiblemente malignos, pero no por haber extralimitado en algunos casos su defensa, sino puramente por el hecho mismo de habernos defendido con éxito del ataque subversivo. Y, por ende, son buenos, o casi buenos, los subversivos y quienes los apoyaron en sus acciones, cualesquiera fuesen sus atrocidades.
Imagino me dirá usted lo mismo a mí: que mi propia postura también es ideológica y que al revés suyo miro como buenos a los militares y consecuentemente malos a sus enemigos.
Admito la semejanza aparente, pero sobre ella apunto que mi punto de partida es la existencia objetiva del Bien, así como la realidad también objetiva del mal cuando aquel falta. Por eso precisamente, por no partir de una ideología, acepto que aun cuando la conducción militar (no hablo de los soldados y oficiales veinteañeros obedientes de las órdenes superiores) tenía razón objetiva en cuanto al Bien que defendía y al mal contra el que luchaba, no la tuvo en cambio en cuanto a esa metodología aplicada, sea cual fuere su alcance real. Por eso conmigo se puede discutir. Con usted no. Por eso yo no estaría en contra de que se juzgara a los jefes responsables de que se cometieran excesos, siempre que eso se hiciera, como correspondia, ante tribunales militares, aplicando las leyes militares para casos de guerra y respetando las leyes fundamentales del país. Nada de lo cual se ha hecho, por cierto.
Es que su posición ideológica (sin profundizar aquí en las causas de la misma) impide por sí sola toda búsqueda de un acuerdo verdadero o determinación del punto esencial de la discrepancia. Impide incluso todo intento de que ambos dejemos de mirar y discutir sobre aquellos hechos del pasado e intentemos trabajar juntos por una Argentina grande. ¿Cómo podríamos construir juntos un futuro nacional, que requiere una mínima concepción compartida sobre el destino apetecible de la Argentina, si no hay posibilidad de que compartamos aspectos del pasado tan básicos como el de que los atacantes fueron los subversivos castristas y los defensores de la nación los militares, o de que los excesos militares deben ser considerados como tales, es decir excesos, y no como acción sistemática, o genocidio, o cualquiera de esos disparates? ¡Pero no, que digo!: ni siquiera es eso; ambos
sabemos en realidad que los hechos históricos son esos. Lo que sucede es que usted no cree en la realidad, ni en la historia objetiva de los hechos, sino en lo que usted, o su partido o su movimiento, quiere que sea la historia y quiere que sea la realidad. Detrás de esto, por supuesto, está la guerra esencial, religiosa. Dios o el Hombre. Dios creador del universo y de todo lo visible e invisible, o el Hombre endiosado.
¿Qué Argentina construiríamos en mínima armonía cuando la Argentina que cada uno queremos es absolutamente diversa, en el sentido de que la suya está basada en una ideología netamente revolucionaria contra todo el “weltanschauung” cristiano, ideología que estima que la Argentina será grande cuando adhiera a los postulados culturales marxistas e imperen en la sociedad argentina todas las lacras destructivas del ser humano, como el feminismo, el homosexualismo, la extinción de la noción de patria, etc.?
Sólo si acordamos sobre la realidad del pasado, sólo admitiendo ambos por qué se peleó y quién fue quién en ese pasado, qué persiguieron unos y otros realmente, que excesos cometieron en esa guerra ambos, cuáles fueron los yerros y cuáles los actos justos en base a un criterio objetivo de justicia, sólo así podríamos, si nos ponemos de acuerdo, acordar sobre el futuro nacional.
Pero para eso deberíamos empezar por lo esencial: qué cosa es el hombre y qué hace en este mundo.

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